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Autobiografía. Memoria

  • Rubén
  • 11 nov 2024
  • 2 Min. de lectura

Yo nací en el sur,

en las 3.000 viviendas,

junto a mis hermanos, 

en un barrio donde los

toxicómanos deambulaban

por sus pobres calles.

Un día nuestros padres se fueron de viajes

y no volvimos verlos.

El silencio era mi amigo.

 

Más tarde vino un ángel

al que yo llamaba abuelita

y nos llevó al paraíso: Barcelona.

Todo cambió: tres comidas al día,

ropa nueva y juguetes que no se vendían.

El contraste con Sevilla era enorme:

allí los juguetes me duraban un día,

ya que era moneda de cambio para la dosis

que mis padres necesitaban cada día.

 

Fui a un colegio que parecía un castillo.

Junto a mi ángel y mis hermanos ahora éramos felices:

nuevos amigos, equipos de futbol, artes marciales…

Con mis patines casi llego al fin del mundo.

Luego empecé el instituto.

Creí que empezaba a vivir una buena vida,

pero las motos y las fiestas eran el pan de cada día.

Bellerín se convirtió, entonces, en una leyenda

para ese pueblo tan bonito al que llamaban Masnou.

 

Más tarde, fiestas y robos todos los días.

Como era de esperar, ahora cuando miro

al horizonte solo veo concertinas y estos muros tan altos

que parece que nunca terminan.

La peor noticia llegó cuando ese señor de traje azul,

al que yo llamaba carcelero, con los ojos cristalinos

y la expresión desencajada me dijo:

“Bellerín, lo siento mucho, pero tengo que decirte

que tu hermana ya no está con nosotros.”

 

Ahí me di cuenta  de todo.

Quizá desperté.

Ahora tengo un ángel

que me acompaña a todos lados,

guiándome por el buen camino

hasta el fin de mis días.

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